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sábado, 9 de marzo de 2013

Acariciando muy fuerte mi culo

La ducha: Cuando salgo de ese sopor tan cálido y ebrio, no tengo mayor placer en mi condición desnuda y fofa que frotar con violencia mi trasero. Probadlo, es increíble que algo tan infantil y vulgar pueda producir tal gozo. Mi boca enseguida desborda saliva y gotea en el mármol del suelo, cediendo a la gravedad, cayendo por la leve abertura de mis labios.

Debo admitir que a veces, esta práctica velada para mis allegados, es doblemente satisfactoria: cuando me preguntan qué hago tanto tiempo encerrado en el baño, sin dejar de frotar mi culo, respondo con una mentira intuitiva que brota atravesando la saliva a borbotones. El riesgo y reto de mentir mientras se siente tal candidez del alma es difícil de mantener. La práctica oculta se convierte en un ritual entonces, y mi culo espera con más avidez la próxima puesta en acción. Temblequea como un flan de vainilla y nueces, listo para recibir el lametón de mis palmas rigurosas en su cometido.

El culo es maltratado durante todo el día y sólo en esos momentos de lucidez y revelación húmeda, que se dan en la ducha, puede una persona saborear estas verdades universales, tan subrepticiamente guardadas en nuestros anhelos:

Frotaos el culo en ese momento con más fuerza que nunca, como si mañana se os fuera a caer.





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